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lunes, 19 de diciembre de 2016

Recuerdos de la medianoche.

El trayecto a la casa de veraneo le significó una hora de tiempo y veinte años de recuerdos. Tenía tantas cosas para pensar, tanto que recordar. 
Costa, joven y buen mozo, diciendo: Te han enviado de los cielos para enseñarnos a los mortales lo que es la belleza. Imposible elogiarte demasiado. Cualquier cosa que yo diga no te haría justicia... 
Los viajes maravillosos en su yate y las idílicas vacaciones en Psara... Las veces en que de día le llegaban regalos de sorpresa, y de noche hacían el amor desenfrenadamente. 
Después, el aborto espontáneo, las numerosas amantes, el asunto de Noelle Page. Las palizas y las humillaciones en público. 
¡Monnareemou! No tienes nada por qué vivir, había dicho. ¿Por qué no te matas? 
Y por último, la amenaza de aniquilar a Spyros. Eso fue lo que a Melina le resultó imposible de soportar. Llegó a la casa de la playa, que se hallaba desierta. El cielo estaba nublado, y un viento frío soplaba desde el mar. Un presagio, pensó. 
Entró en la casa cómoda y simpática, y paseó la mirada alrededor por última vez. Después empezó a tirar los muebles y destrozar lámparas. Hizo jirones un vestido suyo y lo dejó caer al piso, Colocó la tarjeta de la agencia de detectives sobre una mesa. Levantó la alfombra y escondió debajo el botón dorado. Luego se arrancó el reloj que le había regalado Costa y lo golpeó contra la mesa. Tomó el pantalón de baño del marido que había traído desde su casa y lo llevó a la playa. Lo mojó en el agua y regresó. Por último, quedaba una sola cosa por hacer. Ya es hora, se dijo. Respiró hondo, tomó el cuchillo de carnicero y lo desenvolvió lentamente para no romper el papel de seda en que traía envuelto el mango. Ése era el momento crucial. Tenía que clavarse el cuchillo lo suficientemente hondo como para que pareciera un homicidio, y al mismo tiempo tener fuerzas como para llevar a cabo la última parte del plan. Cerró los ojos y se lo clavó hondo, en el costado. Le dolió inmensamente y empezó a manar la sangre. Sostuvo el pantalón de baño húmedo contra la herida, y cuando estuvo bien manchado, lo guardó en el fondo de un placard. Empezaba a sentirse mareada. Miró en derredor para asegurarse de que no se había olvidado de nada; luego caminó a los tumbos hasta la puerta que daba al mar, dejando un reguero de manchas rojas en la alfombra. Avanzó en dirección al mar. La herida sangraba profusamente. 
Pensó: No voy a poder hacerlo. Costa va a ganar. No debo permitírselo. 
El trayecto le resultó interminable. Un paso más, un paso más... Siguió caminando, luchando contra el mareo que la dominaba. La vista comenzaba a nublársele. Cayó de rodillas. No debo detenerme ahora. Se levantó y continuó, hasta que sintió el agua fría en los pies. Cuando el agua salobre le llegó a la herida, dio un grito de dolor. Lo hago por Spyros, pensó. Mi hermano querido. 
Alcanzó a divisar a lo lejos una nube baja, sobre el horizonte, y comenzó a nadar hacia allá, dejando una estela de sangre. Entonces sucedió un milagro. La nube bajó hasta ella, y pudo 
sentir la blanca suavidad que la envolvía, la acariciaba. Ya no experimentaba dolor sino una maravillosa sensación de paz. 
Voy a casa, pensó, feliz. Por fin vuelvo a casa. 





(Sidney Sheldon)

miércoles, 25 de julio de 2012

Amo ser yo.


Debería estar exhausto, no he dormido en días. Pero no puedo lograr cansarme. No importa como lo intente...
No en una noche como esta. No con mi pulso golpeando mis oídos y sintiendo la ciudad llamándome como una sirena bochornosa. No tengo opción. No puedo detenerme. No puedo pararme al lado de algo esta noche.
El viento que viene del río por los techos, con olor a frío como todo en el infierno. Veinte historias debajo de mi...
Algún tonto a dos cuadras delante de mi se ríe y llama a Jesús.
Es una noche maravillosa.
Es una noche perfecta.
Es una noche de cacería.
Cada centímetro de mi se siente vivo.


Por el infierno bajo riendo, eso siempre funciona. Nadie ama a nadie, solo somos sobrevivientes.
El viento sopla loco. La electricidad zumba en mi piel y raspa en mi barba.
Otra tormenta... ¡Genial!
Una noche perfecta. Una noche de cacería.



Nota mental: Cada hombre prominente en la actualidad tiene sus discípulos, y siempre hay un Judas que escribe la biografía.